Enseñanza de la Imagen en F.I.L.M.

Dejemos de formar servidores dóciles para la farándula audiovisual, lo que hace falta son profesionales de la Imagen, multidisciplinarios, críticos y creativos.

Fernando Buen Abad Domínguez

Lo que hay que Ver:

Detrás de cada Imagen producida para un interlocutor audiovisual, está una posición política, un conjunto de certezas y de dudas obedientes a una manera específica de comprender el mundo sus problemas y sus soluciones. Hay cineastas que luchan con sus ideas para cambiar lo que entienden como injusticias, errores o desviaciones sociales y hay cineastas que están muy contentos con el mundo tal cual se ofrece. También los hay intermedios e intermediarios, ambiguos, anodinos, eclécticos, reformistas… estos últimos son los peores. Estudiar los lenguajes multidisciplinarios de la Imagen, analizarlos e incluso denunciarlos, sin una acción consciente, científica… es trabajo insuficiente. A la larga muchas escuelas terminan convertidas en muladares para desplantes contemplativos y estériles. Hay estudiantes y profesores a quienes nada les importa la realidad socio-económica y cultural, plena de calamidades, que aqueja a la humanidad. Contra esas posiciones es urgente un debate definitivo… definitorio.

Hay que ver en qué estado está la producción de Imágenes y su estudio en las aulas. Sus atrasos y deformaciones. Hay que ver a qué clase de vicios del “glamour” se somete a muchos estudiantes para venderles cuentas de vidrio cinematográficas entre ilusiones y fraudes. A cambio hay que hacer que ocurra el acto extraordinariamente complejo de producir, exponer, analizar, enriquecer el conocimiento de la Imagen en colectivo, guiado por un programa científico, con docentes militantes de la honestidad teórica y estudiantes comprometidos en actuación social plena. Ver que se garantice la independencia económica y política de la ciencia, su independencia frente a los devaneos mercantiles o sectarios, su rigor y su capacidad de intervención social en la producción del conocimiento. Ver de manera colectiva, crítica y dialéctica que se tenga por certeza la mayor pasión por la verdad y la fortaleza de la ciencia al servicio de la libertad humana y de su comunicación no alienada. Ver que las aulas y los talleres no sean burbujas indiferentes a lo que pasa en las calles, en las fábricas, en las cabezas y los corazones de los pueblos y en la lucha de clases.

Hoy por hoy, de manera hegemónica, buena parte de la educación en materia de Imagen se ha vuelto una mercancía más. Determinada por las leyes del mercado y las necesidades de control burgués sobre las masas, muchas escuelas de Cine, TV o video… se acomodan a cierta teoría y práctica académica, no para contribuir a resolver problemas sociales nucleares sino para generar mano de obra útil al modo de producción audiovisual dominante. La enseñanza del cine, del video o de la televisión no es ajena a la alienación. En las escuelas se reproducen las relaciones obrero-patronales y la lucha de clases. Hay profesionales del arribismo, de la mentira y de la explotación en contubernio con los burócratas. (y viceversa)

Hoy se privilegia para la "producción audiovisual" sólo lo que a ciertos criterios, no poco mediocres, les resulta “vendible”. Reina un clientelismo hipócrita interesado casi exclusivamente por las “opiniones” positivas de los mercado-logos. Se vende lo que ellos dicen que es rentable, lo que da beneficio a los dueños o directivos de cines, televisoras y agencias de publicidad. La industria de la educación en materia de Imagen es una fuente de beneficios, no sólo económicos, directos, cuyo ideal es la “producción masiva de expertos en farándula”, sino la producción rentable de profesionales para que los llamados “medios de masas”, de “cultura de masas” capaces de ganar “audiencias”, capaces de vender el imaginario capitalista metido en caballos de Troya fílmicos.

Hacia un diagnóstico generalizado: Cine, TV, video e Internet amenazados…

Hay una lista enorme de payasadas academicistas, escolásticas, burocráticas y “snob” al acecho de muchas de las escuelas que enseñan lenguajes audiovisuales. Se trata de una lista larga de proyectos saliváceos que se olvidan de lo que objetiva, realmente, desoladoramente son las experiencias audiovisuales monstruosas que el capitalismo ha engendrado. Sálvense las excepciones.

Es realmente preocupante el paisaje en la enseñanza de la Imagen mercantilizada. En apenas unos 110 años reina impúdicamente el lastre cultural descomunal de la cultura burguesa que, con su que lógica del mercado, nos atiborra cada pantalla, cada superficie disponible. Plagan cada centímetro de nuestra vista, noche y día. Diversidad de lo mismo para lograr un objetivo repetitivo hasta la náusea: esclavizar conciencias. Hay que ver cómo se tapiza la mirada con imágenes e imaginarios del consumismo para hacer invisible la realidad de la mayoría.

Hay peligros y persecuciones de todo tipo, están al acecho, tras las puertas de las aulas, las oficinas, los baños… hay “orejas” y “espías” voluntariosos atentos a “denunciar” todo lo que suene a “zurdito”, “rojo”, “rebelde”, “marxista”… cualquier queja, propuesta, observación, crítica, diagnóstico… que no coincida con la opinión de los patrones o los jefes.

Hay escuelas de la Imagen que hacen de la ciencia una payasada mercantil. Se expende palabrería sin rigor y opinología al uso. Se ocultan los libros “incómodos”, las críticas serias, la verdad objetiva y toda posibilidad de transformación radical de la sociedad y de sus medios o modos para producir comunicación no alienada. Se omite la investigación participativa y consensuada, se omite el diagnóstico crítico, el análisis dialéctico de las causas socio-económicas y los efectos superestructurales de la barbarie y la miseria, se omite la razón y se omite la pasión por la verdad a cualquier costo. A cambio se aplaude la mansedumbre, la desorganización gremial, el efectismo erudito, la saliva hipnótica y culteranismo de los libros propios.

En no pocos lugares se educa para la concentración y monopolización de la producción de imágenes, se educa para el control de los lenguajes audiovisuales que deforman la realidad, la vida, las experiencias y deseos más personales y concretos. Se educa alienantemente para la alienación, se capacita para la extensión del poder económico y político del capital, muy “seductor” y muy capaz de alcanzar esa “tierra prometida”, reino de ejecutivos y de publicistas “genios”, reino de “creativos” y de “líderes de opinión”, reino de cineastas mansos y reino de la farándula toda: la manipulación de conciencias y el incremento de las ventas.

La necesidad de estudiar la Imagen y sus lenguajes multidisciplinarios de manera no alienante crece cuantitativa y cualitativamente a pesar del neoliberalismo y el posmodernismo, a pesar de los burócratas y los tecnócratas, a pesar de las vanidades y las calamidades. A pesar de los pesares. Es una necesidad que avanza, como se debe, mientras consolida su conciencia de clase, su conciencia transformadora, su capacidad de organización y de convocatoria. Es una necesidad que entiende el Trabajo de producir imágenes, su lugar histórico y sus reivindicaciones supremas, como una necesidad que busca, que avanza a la hora poética, que abraza el estudio de la Imagen como una responsabilidad política y científica, que entiende tal responsabilidad como episodio fundamental y fundante en el tejido de las relaciones sociales y que, por lo tanto, no se limita a estudiar las técnicas y las formas sino que avanza a estudiar los modos de producción de la Imagen junto con las relaciones de producción sin olvidar sus condicionantes históricas, económicas y de clase.

Estudiar la producción de Imágenes y sus lenguajes multidisciplinarios, opuestos a la alienación, implica estudiar fundamentos teórico-metodológicos, dialéctica política de las imágenes, ética y estética para transformar el mundo, economía política de los signos.

Algunos males mayores de los modelos dominantes:

1. Los designios de la globalización neoliberal, con su moraleja escatológica del “Fin de la Historia” desde la caída del muro de Berlín, han cruzado de lado a lado les estructuras de muchas las escuelas de la Imagen. No sólo en sus modos de administrase sino es sus curriculas más caras. Un tufo acentuado de tecnócratas engreídos insufla los principios del mercado a diestra y siniestra para una pasarela fanática de lo “ligth”.

2. Ausencia casi total de estímulo a las habilidades críticas. Es decir: qué va primero, qué segundo, qué es primordial, qué aleatorio, qué está de mal, según consensos e intereses de clase, y qué está bien. Terror patológico y acrítico frente a las jerarquías. Palabrería para esconder lo esencial. Fascinación por el show en todos los rincones de la existencia y pasión por la dictadura del raiting.

3. Zaping académico, zaping metodológico, zaping casuístico, zaping epistemológico… dictadura del zaping.

4. Todo breve, superfluo, fácil.

5. Descalificación a ultranza del marxismo.

6. Imperio de la posmodernidad en el rigor científico, intelectual-cultural; apología del pensamiento único. Para ellos la ciencia no es un arma para resolver problemas, sociales, naturales, políticos etc. sino adiestramiento mercantil para el mercadeo con el know how.

7. Empirismo desaforado.

8. Criticismo enfebrecido.

9. “Taylorismo Epistemológico. Para fortalecer la tendencia fuertemente pragmática que ha invadido el campo de la producción de conocimientos en materia de Imagen, se ha generado un taylorismo epistemológico, que formula que para ser más eficientes y competitivos en dicho terreno se debe crear una gran separación especializada en la operación y la producción del conocimiento. Así, en el campo de la producción de Imágenes ha surgido “una práctica que apunta a una super especialización en la división del trabajo, ya no sólo entre, sino al interior de cada una de las ciencias sociales”

10. El Conocimiento como Mercancía.

Nadie enseña la producción de Imágenes ingenuamente: ¿Por qué estudiar Cine, por ejemplo?

La técnica no puede ser enfrentada a la cultura, ya que constituye su principal instrumento. Sin técnica no existe cultura. El desarrollo de la técnica impulsa la cultura. Y la ciencia o la cultura general levantadas sobre la base de la técnica, constituyen, a su vez, una potente ayuda para el desarrollo posterior de la técnica. Nos encontramos ante una interacción dialéctica”. L. Trotsky.

Nosotros creemos que estudiar Imagen, seriamente, implica, bien visto, librar una batalla, la Batalla de las Ideas donde es imprescindible tener conciencia de la fortaleza propia de las Imágenes no alienadas (que siempre es social) y las fortalezas de nuestros intereses y lenguajes para contar historias. Implica entrenar la fortaleza ética para elegir, para profundizar, para contribuir a elevar a conciencia y hacer “visibles” las luchas humanas.

Tres objetivos inmediatos.

Nosotros tenemos la intención de enseñan producción multidisciplinaria de Imágenes -acústicas y visuales- pero no a “cualquier costo”. No tenemos vocación académica banal ni nos importan los devaneos del “glamour” fílmico. Creemos que una escuela de Imagen -capaz de abarcar el cine, el video y la televisión, al menos- ha de ser un espacio de formación exigente para formar profesionales especializados con bases éticas humanistas. Una escuela de Imagen debe ser motor de un desarrollo cultural visible y evidente. Una lucha contra todo lo que hace invisibles las mejores potencias de la humanidad organizada para emancipar su conciencia y su vida.

Y nada de eso es posible si no se entrena primero la metodología de la dirección al lado de la metodología para la creatividad fílmica. Tomar la dirección para impulsar la creatividad. He aquí los primeros tres cometidos de esta escuela:

Primer objetivo: Aprender a dirigir un proyecto de Imagen con talento multidisciplinario, crítico y riqueza expresiva.

Segundo objetivo: Entrenamiento permanente de las capacidades creativas basado en una cultura general sólida.

Tercer objetivo: Excelencia técnica, actualización permanente y pasión por la calidad.

lunes, 13 de junio de 2016

¿Qué hay de nuevo doc?
Reformismo (también) en los lenguajes audiovisuales.
Fernando Buen Abad Domínguez
Rebelión/Universidad de la Filosofía
Victimado por el novedosísmo de mercado el “lenguaje audiovisual”, en todas sus presentaciones, cruza por el pantano de la repetición insana. Es una tara esclerotizada que suele disfrazarse como genialidad creativa para que siga funcionando el consumismo en los negocios de la imagen y el sonido. El último resquicio, o casi, para sorprender al “público” es contar con su ignorancia para exhibirle, envueltas en parafernalias publicitarias, viejas fórmulas re-manidas con trucos y trucajes narrativos manoseados hasta el hartazgo. Expresión grave de la crisis de sobreproducción en general y en particular.
También el reformismo fundamentalista que “cambia” todo para que nada cambie, hace de las suyas en la producción audiovisual (cine, t.v., video y todos sus derivados y conexos) ¿Y quién regula esto? Una y otra vez, van y vienen las generaciones de cinéfilos, videastas, publicistas, blogueros (o como se llamen) empeñados en ofrecer eso “nuevo” que creen haber encontrado entre los pantanales de la mediocridad con que se educan, con que filosofan al mundo y con que enuncian lo que creen que vale la pena ser enunciado. Y aspiran a que sea visto y disfrutado (u odiado) por “públicos masivos” como si fuese poca la impudicia. Honremos, por método, a las (raras) excepciones.
Ese negocio basado en producir piezas audiovisuales (en todos sus géneros desde el videoclip hasta el largometraje “Grand premier”) tiene, de suyo, la exigencia despiadada de entregar al mercado su “producción creativa”. Exigencia de obras llamativas, seductoras, interesantes o novedosas para habilitarse a ganar en un mercado donde compiten millones de productos. Sueñan con “triunfar” en una industria que no se detiene ni un minuto y que devora, sin cesar, toda chispa de creatividad en menos tiempo del que toma producirla. La línea de producción devorada por la línea de consumo.
Pero esa “creatividad” está secuestrada en los márgenes del “gusto” predominante porque de lo que se trata es de vender -a muchos- la mercancía audiovisual fabricada para millones y millones que, en todo el mundo, compran cultura industrializada sin chistar. En todo caso, esos “márgenes” del gusto son parámetros de taquilla, de “raiting” o de mercadotecnia, que aceptan audacias sólo si devienen ganancias en sus expresiones ideológicas y monetarias. Con el sentido del “gusto” prefabricado para el mercado, lo creativo se solaza en ser repetitivo, especialmente en el abuso del efectismo y los trucajes que no parecen tener más límites que las limitaciones estéticas e ideológicas de sus productores y sus receptores. La moral burguesa sigue siendo la misma. Y esas limitaciones no son otras que las del mercado burgués, su ideología chatarra y sus intereses de clase. Lo nuevo entonces es una trampa estética maquilladora de lo mismo para licenciar las taras narrativas mercantiles como baluartes de la creatividad del establishment. Y en esos márgenes hay que moverse si se quiere ser hijo predilecto de los medios y generador eficiente de ganancia para la industria. O sea, nada nuevo.
Ni los ritmos, ni las texturas, ni los maquillajes ni las miles de canalladas inventadas sobre la mesa para atrapar la atención de los “espectadores”, ocultan la desesperación de los mercados y sus monopolios por adueñarse del territorio comercial y del territorio emocional de sus “target”. En eso, todos hacen exactamente lo mismo, diariamente y sin descanso. No importa si eso satura o sobresatura, si eso engaña o desconcierta, si defrauda o si enferma. Aunque lo vendan como “nuevo”, todos fabricarán las mismas estructuras narrativas con los mismos tiempos de pantalla, los mismos anunciantes, los mismos valores protagonistas y las mismas “moralejas” de un discurso tautológico pronunciado en el callejón sin salida del capitalismo y su ética opresora.
Por ejemplo. Lo único nuevo, si ha de serlo, es aquello que no hemos visto, es decir, la emancipación de los seres humanos que derrotan al capitalismo, paso a paso, en todos sus frentes y definitivamente. Objetiva y subjetivamente. Lo nuevo es dejar de usar el discurso del patrón y sus relojes. Su ética y su estética.  Lo nuevo es dejar de pensar en la vida secuestrada por el salario del amo. Lo nuevo es imaginar un mundo ya sin los problemas que el capitalismo impone y debatir los problemas que nos impone desarrollarnos todos ser mejores todos en todo. Por ejemplo. Lo nuevo es la reclasificación de la realidad bajo los parámetros de una vida sin el opio de mercados religiosos, sin fundamentalismo de marcas, sin los “gustos” y sin lo “placeres” inoculados por un sistema enfermo de maldades, crímenes, humillaciones y violencia rentables. Lo nuevo es un mundo sin la propiedad privada de las herramientas para la subsistencia y sin el secuestro de nuestro tiempo vital. Eso nuevo impregnado por una ética y una estética porvenir, no es de interés comercial para la industria y sus feligresías audiovisualistas. No vende.
 El capitalismo es, también, una máquina de producir cansancios. Y eso nos tiene también muy cansados. Ellos lo saben e incluso han inventado espejismos para hacernos creer que produce descansos sólo que a precio de clase. Entre otros, nos ha vendido el espejismo de la industria del “entretenimiento” y del “espectáculo” que incluye a lo audiovisual como una forma del “esparcimiento”, de la “diversión” y del “descanso”. Y entonces, nos han convencido de consumir, cuantas veces ellos lo quieran, el mismo paquete ideológico cocinado por sus “creativos” audiovisuales en todo el mundo y bajo los mimos mecanismos de exhibición que son propiedad de los mismos fabricantes audiovisuales a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI. Si la novedad es mirar por “on demand” y en un teléfono, lo que “cambió” es la capa entérica que se comportará igual que todas, como un callejón sin salida, hacia el mismo paquete de consumo ideológico burgués. Y ellos quieren que se los agradezcamos, que se los aplaudamos a rabiar y que aceptemos que siempre han tenido la razón en vendernos sus cuentas de vidrio alienantes como la novedad histórica, como la revelación de creatividad que nos deja satisfechos, como el ingenio que sólo ellos tienen. O dicho de otro modo, nada nuevo. 
La Cámara no es la Mirada
Imagen, luego existo.
Fernando Buen Abad Domínguez
Rebelión/Universidad de la Filosofía
Perogrulladas al margen, hay momentos en que viene bien recordar que los modos con que las “cámaras” muestran al mundo, son decisiones y recortes planificados por alguien que, desde su modo de ver, desde sus intereses o sus limitaciones, quiere que veamos. El mundo está infestado por cámaras que sirven a finalidades múltiples. Cámaras de televisión, de cine, de fotografía, de vigilancia, de espionaje… cámaras en estudios de filmación, en “cajeros automáticos”, en avenidas, en corbatas, en lápices… cámaras para el espectáculo y para el control. La realidad recortada  por el marco de una cámara.
Casi no existe actividad, individual o colectiva, donde las cámaras no estén presentes. Se ha consolidado una cultura de las cámaras, una especie de plagapor su presencia y por lo que “muestran”, que sistemáticamente impone una manera del conocimiento determinada por el “encuadre”, el movimiento, la profundidad, la nitidez o la quietud de una toma de camarógrafo o fotógrafo. Es una dictadura del modo de ver, una imposición que somete a la mirada a un modo de ver, de pensar y decidir qué debe hacerse visible, cómo debe verse y con qué determinaciones de mercado, de clase o de vigilancia. El poder controlando a los ojos.
La mirada, emancipada de las cámaras y de sus “encuadres”, se comporta muy distinto a cómo se comporta cuando contempla a la realidad. Mirar es más ancho, más hondo, más colorido y más directo. Más táctil. Es una experiencia que no necesita intermediarios ni segmentaciones. Mirar es un proceso del conocimiento, de la sobrevivencia, del desarrollo mismo de los individuos y del conjunto de sus relaciones sociales. Es una función fisiológica y es mucho más. Se mira en panorámico y en detalle en una red de funciones complejas que interactúan entre lo objetivo y lo subjetivo.
Esto implica, entre mil cosas, el desarrollo necesario de una ética de la mirada, es decir, fincar la investigación científica sobre el comportamiento de quienes recortan y exhiben los fragmentos de la realidad que eligen y fincar responsabilidades por ello. Exponer lo que la cámara ve no es una dádiva, no es un regalo de la filantropía ni un regalo de los cielos. Salvo casos excepcionales una cámara no registra por sí misma nada de lo que muestra. Se requiere que alguien la maneje, la instale y determine el campo visual que le conviene. Y detrás de cada campo visual elegido con sus “encuadres” y sus “registros” quien toma de la realidad fragmentos asume una responsabilidad que no es inocente, que es siempre ideológica, que tiene carga ética y estética. Y el problema se multiplica según se multiplican los millones de cámaras que se encienden de noche y de día para constituir un universo fragmentado con “encuadres” visuales. Punto especial merece, al menos una mención, sobre la manipulación descarada de “tomas” para que se vean o se invisibilicen las protestas sociales y la situación objetiva de las batallas territoriales.
El alfabeto visual de los “close up” (primeros planos) o las tomas panorámicas con todos sus intermedios y gradaciones, es el alfabeto de un discurso de la imagen que nada tiene de inocente y nada tiene de inocuo. Es el desarrollo de una forma tecnificada de intervenir sobre la realidad y sobre las conciencias no sólo con el poder de la fragmentación sino con el poder de la articulación de fragmentos haciéndolos pasar como el todo. Y eso con frecuencia s parece o se confunde con la mentira. Nada nuevo hasta aquí.
La fase más peligrosa, por la reducción de la mirada a lo visible en una “toma”, es la hipótesis alienante de soñar con enceguecer a los pueblos si se apagan las cámaras. Es la moraleja subterránea que grita, a los cuatro vientos, que sólo existes cuando alguien te hace visible, cuando te encuadra y cuando te separa de la realidad con el recorte de una cámara. ¿Es una exageración? Es el colmo.
También es bueno explicar que no se trata aquí de alentar negaciones, odios ni venganzas contra el desarrollo tecnológico de instrumentos para registro visual. Imposible negar el aporte que ha significado para la ciencia, para las artes, para la política y para educación (por ejemplo). Imposible invisibilizar la contribución que el conocimiento humano ha recibido por el despliegue de cámaras en los terrenos donde nadie o muy pocos llegan, en lo terrestre y lo extra-terrestre.
Lo que habría que someter a debate filosófico, ético, epistemológico y político es esa forma del uso que ha hecho de las cámaras, voluntaria o involuntariamente, una fuente del conocimiento, una didáctica de la realidad, una puente de interacción con recortes que jamás se comportarán como un rompecabezas, que jamás logarán sustituir al todo ni por la dialéctica de un conjunto de interrelaciones que no pueden ser satisfechas sólo con los registros fragmentarios a los que está condenada por definición una cámara. Y es que lo único capaz de completar el paisaje es la inteligencia humana que, por ser social, universaliza y sintetiza su relación con la materia concreta y sus experiencias transformadoras. Eso no está al alcance de cámara alguna. Y menos mal.  

viernes, 23 de mayo de 2014


Festivales de Cine
Lo que realmente exhiben.
Fernando Buen Abad Domínguez
Rebelión/Universidad de la Filosofía
Es un “lugar común”, que a veces vale la pena repetir, el que los “Festivales de Cine” (también se llaman “Muestras”, “Competencias” o “Encuentros”) son una gran escuela, frecuentemente involuntaria, en la que se exhiben  los usos y los abusos del “cine”, es decir, los de sus autores, sus destinatarios y sus intermediarios. Una escuela en la que no todos quieren, o pueden, aprender y en la que toda lección debe superar el examen (siempre odioso) de las lentejuelas, los reflectores y las farándulas dispuestas a invisibilizar, con efectismos, sus limitaciones antes que comprometerse con los contenidos importantes. Los “Festivales de Cine” suelen ser campo magnífico para aplicar aquello del “anchuroso mar de trabajos y, muchos de ellos, con un centímetro de profundidad”.
Ya existe, desde luego, un repertorio rico en antídotos estereotipados contra la crítica y crece una muy socorrida ruta de escape especializada en transferir culpas y en negar responsabilidades éticas, estéticas e ideológicas, cuando una o muchas películas, exhibidas en “Festivales”, simplemente no reúnen los mínimos de calidad, conceptual y formal, que la Historia del Cine ya ha fijado en su propio desarrollo. Es verdad que no todo grupo de producción cinematográfica cuenta con financiamientos suficientes y sin embargo eso no alcanza como pretexto cuando las limitaciones económicas se expresan, incluso, como limitaciones conceptuales. Y las muestran en las “pantallas grandes”.
Los organizadores “no se hacen responsables por los contenidos de los filmes”, “los periodistas no se hacen responsables… bla,bla,bla…”; “los exhibidores no se hacen responsables por los contenidos…” y así, hasta el infinito. No obstante todos quieren meterle mano al “negocio” y no son pocos los mecen, con ambición, la cuna del “éxito” y la “fama” desde la hora misma en que su “opera prima” se inscribe en alguno de los “Festivales” más famosos. Un torneo de apariencias y de mascaradas mayormente fermentadas en los caldos de cultivo del “star system” modelo yanqui.
En una de sus expresiones más odiosas los “Festivales” son nido de esnobismos, a granel, y pasarela de estulticias histéricas empeñadas en que no se note la vacuidad, la vaguedad o la vaciedad de muchas las películas, de sus autores y de los comerciantes, que suelen ser uno sólo, el mismo y único enredo de vanidades mediocres. Gafas oscuras, sombreros fuera de lugar, de tiempo y de circunstancia; trajes y vestidos con marcas exhibicionistas y gestos, muecas y guiños ensayados hasta el hartazgo en los espejos de las egolatrías más camufladas con simpatía y sex appeal del mercado fílmico.  
Ya sabemos que los “Festivales” son el (casi) único espacio de exhibición para una multiplicidad de filmes que jamás llegarán a las pantallas grandes, o chicas, porque no entraron, ni entrarán, en las carteras ni en las carteleras de los distribuidores y los publicistas que son, al final de cuentas, quienes deciden, “cortan el bacalao”, es decir, quienes elijen el objeto y sujeto de sus designios mercantiles. Y detrás de ellos, como falderos, no pocos cineastas van y vienen con sus fotos, brochures, tarjetas de negocios y afiches… ansiando una limosna de fama y la bendición de una campaña promocional. La nausea misma. Eso sí, sin perder las apariencias que disimulan su servilismo con gestos de artistas “interesantes”. El derecho a expresarse, el derecho a exhibir democráticamente la obra fílmica, el derecho al arte y las responsabilidades sociales que todo ello implica, son basura a la vista de los reyes y reyezuelos de la farándula fílmica. Ahí suele triunfar quien más ingenio pone en el arte de arrastrase y agradecer las palmaditas del amo cinematográfico.
Siempre hay que detenerse a subrayar las excepciones de los “Festivales” que marcan diferencias frente a las reglas dominantes bajo el capitalismo. Hay “Festivales” que se realizan, incluso sin red de contención financiera, por fuera de los circuitos mercantiles y eso modifica y combate, en buena manera, la trama de las vanidades o las petulancias que no necesariamente se extinguen o se ahuyentan porque un “Festival” esté lejos o en contra de los modelos mercenarios de la cinematografía. Incluso algunos “Festivales” de auspicio gubernamental, han logrado con buen éxito liberarse de muchos fardos y contagios provenientes de los modelos burgueses de la mercancía fílmica. Pero no son muchos. Los pocos son sumamente apreciados y poco promocionados.
 Están por venir los mejores “Festivales” en los que las verdaderas estrellas sean los filmes y la hondura de sus temas. Que los jurados, en franca extinción, sólo tengan el poder de un método transparente, consensuado y democrático para una crítica que se comprometa con la calidad y con la multiplicación del cine en todas sus mejores virtudes e influencias sociales. “Festivales” tributarios del ascenso de la conciencia y combatientes de lo pueril o lo superfluo. “Festivales” de nuevo género en los que su carácter de “escuela” de verdad enseñe a disfrutar un arte que está en pañales y una herramienta de condimento cuyos poderes no sólo están por descubrirse sino que también están por democratizarse.

Quizá, pronto, tengamos protocolos internacionales para que los “Festivales” se ciñan, con rigor, a las exigencias técnicas que el cine ha desarrollado para su mejor disfrute. Protocolos para la calidad del sonido, la calidad de la intensidad lumínica, la comodidad de los asientos, la provisión de información y la garantía de exhibición sin asfixiarnos en salas insalubres, diminutas y saturadas. Sin abusar de los costos. Quizá, pronto, tengamos metodología para el análisis cinematográfico sin jergas ni oscurantismos de intelectuales snob y que sirvan para que los “jurados” seamos todos, armados con parámetros no uniformes pero sí consensuados en la praxis del mirar críticamente. Quizá, pronto tengamos información y publicaciones no sólo con fechas de exhibición sino compendios de datos y opiniones fundadas en método y en compromiso político que, verdaderamente, sean libertad de expresión esta vez con las herramientas del cine. Ojala, pronto, tengamos avances organizativos y cualitativos no sólo de las películas, sus aspectos económico-técnicos y sus aspectos teóricos sino, también, avances en las formas de exhibir y democratizar los “Festivales” con su ser escuela de y para cineastas y cinéfilos transformadores de la realidad. Esa película no la hemos visto.

domingo, 27 de abril de 2014

Películas de Terror



Películas de Terror
El miedo es un negocio (también)
Fernando Buen Abad Domínguez

Detrás de cada “Película de Terror” hay un guionista (o varios), hay técnicos, maquillistas, iluminadores, especialistas en “efectos especiales”… y, sobre todo, hay un presupuesto, dinero, cálculos comerciales y propósitos de recaudación... una industria. Es preciso recordar que se trata de un negocio para comerciar con miedo farandulizado, hasta el hartazgo, por obra y gracia de maniobras burguesas cada vez más estereotipadas y tecnificadas. ¡Que miedo!.
La cosa es simple. Uno o varios comerciantes cinematográficos, basados en sus intuiciones geniales y comerciales, aprovechan que tenemos debilidades o temores y que, con una ayuda, pueden descontrolarse y llevarnos al espanto. Eso, si se exhibe en salas públicas, con publicidad fuerte (hasta en un 70% del presupuesto) y mediana verosimilitud, se convierte en un placer voyeurista del que alguien saca provecho bancario. Y nada importa qué tan cerca del ridículo pase la historia si conecta con alguna fobia, o con una fijación o inseguridad de complejidad diversa. Todo, si asusta, es susceptible de ser manoseado ni importa que sean jeringas, sombras de árboles, insectos, reptiles, muñecos, pájaros, niñas adultas, ancianitas infantiles, marcianos, terrícolas o seres que nunca vimos ni vemos. Unos cuantos violines angustiosos, una especie de Halloween omnipresente e interminable, clichés a mansalva y gritos sorpresa… ¿qué nos falta?

De las cabezas de los comerciantes cinematográficos, y de sus intereses ideológicos, supura una enorme lista de atrocidades que llevadas a la pantalla, han desplegado repertorios de maldad que no es sólo fílmica sino sistémica… o dicho de otro modo, del capitalismo y su “literatura” de ficción. Y es tan amplio ese repertorio, es tan compleja su densidad simbólica y es, paradójicamente tan simple, que de esa dicotomía se desprende el más transparente de los retratos de la ideología de la clase dominante. El “más allá” y el más acá de la burguesía se pone a la vista de todos para darnos miedo mientras lo financiamos en masa. De terror.

En su parte más perversa ese “placer” cinematográfico sangriento, metafísico, extra-terrestre o de cualquier manera combinada y exagerada, se fija como parámetro que ha ido recorriendo sus fronteras al ritmo de la inventiva perversa de los fabricantes de películas. No hay límites. Se trata de ganar el mercado y de recaudar, a cualquier precio, fortunas ingentes sin importar los residuos perversos que se dejan sobre los pueblos, es decir en sus cabezas, tras cada temporada de “cine de terror” en todos sus medios y sentidos, capitalistas.

Lo fácil, para algunos, es apelar al reduccionismo snob que se deleita con poses, publicaciones, series televisivas o palabrería culterana adorando, de manera atomizada, la creatividad o la obra fílmica de uno o varios payasos de moda que hacen del terror la marca indeleble en sus negocios. Hay especialistas en el “genero” cinematográfico y su especialidad como fabricantes, como críticos, como investigadores o como publicistas, despliega una variedad inagotable de episodios horrendos… en verdad horrendos. Es la ideología de la clase dominante y nada de esa industria del terror es ingenuo ni inofensivo. Lo saben los laboratorios de guerra psicológica contra los pueblos.

Ese negocio se expande y se inocula, en cuanto medio ve a la mano, para asentar sus efectos en los públicos más diversos y en las circunstancias más inopinadas. Sólo en su versión de “videojuegos”, la industria del terror maneja ganancias por cientos de millones de dólares en cada una de sus aventuras. “Resident Evil” es uno de los “juegos de horror” más exitosos. Ahora dicen que “The Conjuring”, basada en una “historia real”, en la que fueron invertidos 20 millones, recaudó ya, en sólo un par de semanas, 100 millones de dólares de las taquillas yanquis “y recibió buenas críticas de la prensa”, pagada por los productores, claro.

El verdadero argumento de la mega historia aterrorizante que nos inoculan, impúdica e impunemente, bien pudiera decir: Una fuerza maligna se apodera de los habitantes de varias ciudades, todos en horarios similares y con motivos que desconocen, se ven impelidos a vaciar sus bolsillos a la entrada de los cines. Dejan el producto de su trabajo en manos de unos comerciantes de imágenes que ha logrado hipnotizar a las masas obligándolas a disfrutar sus peores miedos y a llevarse a casa, y para siempre, las imágenes más terribles que, tarde o temprano, servirán para anestesiar sus cerebros cuando, en la vida real, aparezcan horrores similares (o peores) a los que ya han visto en los cines y a raudales. Esa es la gran película de terror que está escribiéndose a diario en cines, televisoras, videojuegos… libros, páginas Web y mensajes por telefonía celular. Eso asusta.


No se trata de un “entretenimiento” ingenuo, el “Cine de Terror” nos pone “los pelos de punta”. Algunos estudios dicen, sin lograr que las cifras en verdad nos impacten y asusten, que un niño o niña promedio en nivel de educación primaria, ha visto, por uno u otro medio, al menos ocho mil asesinatos y alrededor de cien mil actos de violencia de género diverso. Cuando ese niño o niña se ha vuelto adulto, las cifras se hacen monstruosas y empeora el problema si se ha convertido adicto audiovisual a sus miedos y a los de otros. El placer por las historias de terror, estudiado de mil maneras por especialistas diversos, no es ajeno a la lucha de clases ni en su contenido, ni en su producción, ni en sus resultados. Incluso cuando se trata del juego ingenuo de contarse historias de espantos en las reuniones familiares o cuando se trata de maldades cándidas que asustan a los parientes y a los amigos. El miedo es cosa seria y el que se dispone a imponerlo a otros, debe cargar el monto de responsabilidad que le quepa, ya lo haga por, “arte”, por chiste o por lucro. ¿Eso asusta?

miércoles, 9 de abril de 2014


A propósito de la Producción de Imágenes Documentales
Muchos documentalistas se han dedicado a contemplar al mundo… de lo que se trata es de transformarlo
Fernando Buen Abad Domínguez
F.I.L.M.

“A esta situación responde la bagatela conformista que hace furor en los últimos años”[1].
No pocos se desvelan para producir Imágenes Documentales como una mercancía igual a cualquier otra. Sujetan su selección temática y su razón estética al modo de producción, distribución y consumo impuestos por la industria audiovisual capitalista. Dotan a su obra con los atributos pertinentes para que circule sin turbulencias en del intercambio comercial e ideológico de las burguesías. Producen documentales políticamente correctos, con pinceladitas progres, acentos categóricos, regateo de fundamentos y mucho “eslalon” político, para no chocar con el gusto de quienes firman los cheques. La verdad no es la pasión de muchos.
Hambrientos de cierta fama y del dinero fácil curten el empirismo más vulgar, el esnobismo intelectauloide y la demagogia más hipócrita que los arropa. Y se hacen pasar por buenos muchachos mientras estiran la mano en las antesalas de las burocracias para probar si el calibre de la dadiva asegura un buen silencio cómplice. Son los primeros en aplaudir a rabiar las buenas obras de algunos funcionarios (amigos). Después salen en la tele, ocupan las pantallas de los cines unas semanas y se van de gira pontificando su esfuerzo denodado fincado en la genuflexión prolongada y la bajada rápida de los pantalones. Muchas aulas están plagadas de profes y alumnos fraguados en el rigor del oportunismo mercenario.
Se los ve con frecuencia infestar los festivales y las muestras, van con sus tarjetitas de negocios, sus copias promocionales, su sonrisa de ocasión y su mano amiga desinfectada de política para saludar cualquier charla aséptica, de “buen gusto”, de sondeo comercial… sin ideologizaciones de esas que ahuyentan al cliente. Documentalistas de salón acicalados con el barniz cortesano que da glamour a la hora de levantar las copas y brindar por el “Nuevo Cine Documental” del que se creen mentores. Reptan con el cometido sistemático de salir de las reuniones sólo cuando un número promisorio de “buenos contactos” garantice un pliegue más de esperanzas para el trabajito que tienen en marcha o para el que, oportunamente, se ofrezca al calor de la plática… total todo se arregla con unas entrevistas aquí y allá, un par de detalles emotivos, cortes directos y rápidos, movimientos realistas con la cámara… y un final fuerte pero sin compromisos. Con el tiempo televisivo en mente, claro, por si se interesa en comprar la obra documental al vapor algún canal de esos un tanto “intelectuales”.
Esos Documentalistas son buenos para mantenerse peleados entre todos sin romper la multiplicación de las camarillas que, unas a otras, se suceden en el reacomodo de los negociados, los créditos, los préstamos y las becas. Son buenos para la palabrería con fachada erudita, son hábiles para las sumas y las restas, son veloces para la componenda y son perfectos para el parasitismo. Cámara en mano. No son lo que se necesita para la transformación del mundo, para la guerra contra la alienación ni para la lucha de los trabajadores para derrotar a capitalismo. Aunque hagan documentales con “buena calidad” formal.
Ahora arrecian los pleitos por todas partes. Está de moda. Se acusan unos a otros de “traidores”, de “vendidos”, de “irrespetuosos”. Todos piensan que es el otro el que no comprende la realidad y se lanzan descalificaciones a mansalva. Algunos se ponen el primer disfraz de vanguardia que la oportunidad les pone a modo… otros juegan a ser conservadores pensando en el mañana… muchos son sólo comparsa atenta a la captura de algún sobrante que les tiren los líderes. Arrecian los pleitos en la medida en que se recortan los presupuestos oficiales y privados, en la medida en que la cobija alcanza para menos, en la medida en que las prebendas merman. Arrecian los vituperios en la mediad en que el otro no es un compañero sino un competidor. Lógica de comerciantes.
Contra esta payasada vulgar protagonizada por petulantes de la producción documentalista emerge una generación de documentalistas en lucha capaces de trabajar por la organización de los trabajadores como trabajadores ellos mismos y empeñados por el ascenso de la conciencia revolucionaria. Se trata de una fuerza nueva que, en grados diversos, toma posiciones y mejora sus herramientas de combate. Generación que no sólo prescinde de limosnear dádivas sino que se dispone a exigir que el dinero de los pueblos se ponga bajo control obrero. No bajo control de burócratas, oportunistas o sectarios.
Contra el circo de hocicones que se auto-adoran como documentalistas mesiánicos emerge una generación documentalista de la clase trabajadora que, a su ritmo, reconoce su tarea de clase, sus responsabilidades metodológicas, sus conflictos supremos, su papel en la transformación de los lenguajes documentalistas y su obligación histórica ante todas las luchas de los trabajadores en todo el mundo. Documentalistas que no trabajan pensando para Festivales europeos, que no se arredran ante la realidad y que identifican con toda claridad los hechos y las canalladas que se ciernen contra los pueblos. Documentalistas de nuevo género que levantan ya la certeza de que el mejor del documentalismo que necesitamos está en camino. Ya lo veremos.
Documentalismo revolucionario expresión del conocimiento y la acción rebelde, exploración posibilidades e intervención inéditos. Documentalismo de una sociedad que lo necesita y lo produce ella misma sin intermediarios “doctos”. Documentalismo para la transformación consciente con la sensibilidad, la experiencia y las apuestas de sus autores que intentan hacer visible todo lo útil contra la dominación y todo lo útil para la construcción de un mundo nuevo sin explotación y sin miseria.
Ese documentalismo que ha servido a la burguesía morirá con ella. Agoniza ya y nadie debe comprar pescado podrido. Mientras tanto nace en la lucha documentalista revolucionaria una poesía nueva y un movimiento contemporáneo hacia el socialismo científico. Está en las mentes, en los métodos de trabajo y lucha, en la claridad vidente de lo que se hará visible con ayuda de los documentales, también. Documental nacido de la espontaneidad dialéctica, de una lucha que se expande y lo desborda todo rumbo a la supresión paulatina y definitiva del capitalismo: su lógica del control, su economía asesina, su propiedad privada, su ser y su esencia alienantes. Emerge un documentalismo cargado con imágenes beligerantes… la evidencia de la lucha mejor, el espíritu de combate a la vista de todos… promoción conciente del paradigma revolucionario en todas sus mejores formas. Poética de la mejor batalla emancipatoria que los trabajadores alientan a estas horas para liberarse definitivamente del capitalismo que los explota y asesina. Y todo eso se realiza a cielo abierto.

[1] Ángel Zapata “Ideas sobre la literatura”: http://www.voltairenet.org/article148358.html



martes, 11 de febrero de 2014


Bariloche: ¿Callarse es Negocio?
¡Cámara, acción y silencio!
Fernando Buen Abad Domínguez
Vi, en Bariloche, Argentina, gracias a Mari Fernández y Leonardo Jalil, amigos de la Radio Nacional, el documental “Pacto de Silencio” realizado por Carlos Echeverria en el año 2005. Obediente a su estatura temática y a su responsabilidad política, el documental es un logro semiótico de investigación, de relato y de imágenes para estremecer en nuestras cabezas y corazones lo que en la Historia de Argentina viene estremeciéndose, aun con algunas lentitudes, en la década reciente.
¿Fue -o es- Bariloche un nido nazi? No contaré aquí el final del documental. La respuesta es muy clara. Algunos ni idea tienen, pero pasó por sus narices el tufo fétido de la historia criminal del fascismo y no se percataron -o lo confundieron con perfumes de progreso burgués-. La ignorancia, la rutina y la abulia burguesa emborracharon a la moral pueblerina de Bariloche y la hundieron en un marasmo de complicidades y autocomplacencias en el que llegó a reinar, por sus fueros, una de las figuras más denotadas y connotadas en las huestes de Hitler. Y lo nombraron director de la escuela más “prestigiada”. Todo está documentado.
Muy a pesar de la voluntad de los nazis (y sus cómplices vernáculos) Bariloche “creció” y se conectó con el país y con el mundo. Dejó de ser un escondite perfecto y precioso. Se supo lo que muchos ocultaban y ocultan. Bariloche sedujo al mundo con la belleza furiosa de sus montañas, sus lagos y sus paisajes; Bariloche escapó, por ardides de su hermosura, al reducto de silencio y aislamiento que fue idóneo para los criminales nazis durante demasiado tiempo. Pero se supo todo. Hoy es una ciudad con 130 mil habitantes, aproximadamente, y es un paraíso de paisajes lacustres donde se escenifican las aberraciones más delirantes del capitalismo salvaje bajo el mismo modelo de ciudades secuestradas por las “industrias del turismo” depredador, las inmobiliarias más corrosivas y la hipocresía de clase consagrada en plazas públicas y templos. En Bariloche la plaza principal es una afrenta por la figura ecuestre de uno de los genocidas más terribles en la historia de Sudamérica: Julio Argentino Roca. Y en los vitrales de la catedral, escenas de la “campaña del desierto”. Pura didáctica “artística” del despojo y del exterminio.
En Bariloche los trabajadores, que cargan el peso de la “industria turística”, están arrinconados en los cerros. Es una especie de reclusión cosmopolita con los rostros y los acentos de la pobreza más diversa. Viven ahí custodiados por los métodos policíacos más típicos del fascismo, incluyendo el “gatillo fácil” contra los jóvenes de los barrios. Viven ahí donde reina un paisaje natural magnífico y un paisaje social infestado con desolación abandono, ninguneo y represión. A esos cerros la modernidad llega sólo por televisión o en armamentos represores. ¿No son lo mismo? En Bariloche duele la lucha de clases de una manera muy especial porque duele con frío diverso, con distancia, con abismos de inequidades y bajo los estragos de cenizas volcánicas… duele, y duele muchísimo, porque es un escenario de lucha ideológica dramático en el que vamos perdiendo batalla tras batalla. Silencio… porque de eso no se habla. Hasta que apareció el documental de Echeverría muchos de los temas ahí exhibidos, y denunciados, fueron temas de la impunidad costrosa. Una, de entre cientos de imágenes estremecedoras, exhibe a Erich Priebke despedido a besos por la policía antes de que se lo juzgara por, al menos, 300 asesinatos. Es un documental indispensable para profundizar mil debates.
Ahí se muestra, en su drama más devastador y desafiante, la guerra ideológica de todo el siglo XX y de lo que va del XXI. Ahí se muestra con toda su desnudez, y horror, el peso y el costo de la ideología nazi infiltrada en la tranquilidad y la modorra provinciana de familias y comerciantes celosos de sus familias y de su propiedad privada.  Mientras tanto depredan los recursos naturales y la mano de obra. Y todo bajo la dilección moral y pública de un nazi multi-premiado. Lo mismo que ocurre en muchos bancos, empresas, latifundios, iglesias y cadenas de televisión… es un magnífico documental insuficientemente divulgado y debatido. Echeverria es hoy director de la Radio Nacional de Bariloche. Tiene la oportunidad extraordinaria para ayudar derrotar todo vestigio de ideas nazis en su tierra y fuera de ella.
Bariloche es un lugar idóneo para un trabajo político de envergadura continental. Lo tiene todo. Ahí debieran fundarse mil escuelas de formación política avanzada en el rumbo de consolidar la independencia de nuestros pueblos y de formar científicamente los cuadros capaces de terminar para siempre con la ideología de la clase dominante. Ahí están los pueblos originarios, con el peso de su historia y con la afrenta escultórica que a diario les restriega la oligarquía en el rostro como moraleja criminal. Ahí está una clase trabajadora que en un mismo escenario ve cómo se privatiza el paisaje y cómo las empresas trasnacionales sueñan convertir en apartida todo lo que contratan. Ahí están los jóvenes, los abuelos, las mujeres y los niños del pueblo limosneando servidumbre para que el turista escurra propinas. Ahí está un gobierno cargado con deudas y todavía muy lejos del verdadero mandato popular.

El documental de Echeverría es una autopsia de la ideología Nazi en Argentina. Nos aporta un paisaje inmediato, concreto y horrible del que él mismo fue parte -y lo sigue siendo- hoy no como estudiante víctima sino como militante llamado a tomar lugar en la batalla de las ideas contra la opresión burguesa que jamás ha dejado de ser nazi. Cuando en todo el continente se denuncian brotes -y rebrotes- del nazi-fascismo; cuando la burguesía financia criminales, en todas partes, para descarrilar democracias e intentos de dignidad; cuando soplan vientos fétidos de neoliberalismo en “la Alianza del Pacífico”… el documental de Echeverría, filmado mayormente en Bariloche, tiende puentes histórico-políticos extraordinarios con la Cumbre de UNASUR más vigorosa que hemos visto, y que se realizó en Bariloche, para denunciar las bases militares norteamericanas en Colombia aprobadas por Uribe. Ninguna casualidad, es “el motor de la historia”, expresándose.

martes, 14 de enero de 2014


Empeorando
Breaking bad”: ¿El (narco) Show debe Continuar?
Fernando Buen Abad Domínguez
Rebelión/Universidad de la Filosofía
Un cáncer televisado que se vuelve negocio. Hace tiempo que las “series” de televisión yanquis (y no sólo) son escuelas ideológicas (falsa conciencia) y chatarra intelectual para las masas. Nada nuevo. Hace tiempo que la burguesía usa sus “medios” para exhibir impúdicamente todo género de aberraciones y para infiltrar valores (o anti-valores) convertidos en mercancías del morbo, muy rentables y muy premiadas por ellos mismos. De mal en peor.
Breaking Bad” es una de esas series televisivas “exitosa”, según los parámetros mercantiles de la industria televisiva, y es una serie muy jugosa por la carga ideológica que cocina. Su éxito deriva de una muy sofisticada cadena de producción que hace malabares con los miedos, con los estereotipos y con las monstruosidades del crimen organizado, ahora convertido en puntero del “rating”. Es un producto con sobresaliente calidad narrativa, y dotación técnica, al que debemos observarle la siempre presente bendición que le otorga la DEA para calmar la doble moral del espectador común (o del pueblo-público) consumidor adicto al espectáculo de su propia desgracia. “De acuerdo con reportes de la ONU, en Estados Unidos, Canadá y Europa se queda la mayor parte de las ganancias de la venta de droga en el mundo, que en el caso de la cocaína representa 70% de los 72 mil millones de dólares traficados al año.”[1] Más los “daños colaterales”.
Breaking Bad” viene a contarnos, involuntariamente, lo que le sucede al capitalismo en su totalidad y nos lo cuenta de la manera en que a la burguesía le encanta contar esas “cosas” que , principalmente, consiste en culpar de todos sus males a las “periferias” sociales: a los inadaptados; a los “losers”; a los inferiores y a los “latinos”. “Periferias” que son, a los ojos del “buen burgués”, nido de lacras que afean el paisaje con sus “disfunciones” y con su primitivismo intelectual, sexual, alimentario y laboral. La escoria misma. Y mientras la serie cuenta su “historia” narcótica, avanza como ofensiva ideológica discriminatoria, criminalizante y estigmatizante. La lucha de clases en acción televisada.
En el imaginario de “Breakin Bad” sólo los agentes de la DEA son “los honestos”. ( En cerca de 60 horas de tele ni una palabra sobre las tropelías criminales de la DEA en Bolivia, Ecuador, Venezuela…México) Aparecen como el alma pura de la sociedad yanqui (la misma que financia y aplaude las guerras y crímenes globales) pero que, para los fines televisivos, sufre la maldición de tener que vigilar y combatir a esos bárbaros que arriman a sus tierras el menú más completo de narco-tentaciones con trafico de armas, trafico de personas y tráfico de órganos. Todo en un escenario cuidadosamente mexicanizado o latino-americanizado condimentado con dólares a mansalva. Galería con fetiches del simplismo y del maniqueísmo. Mientras tanto, la realidad no recibe premios: “Más de 121 mil muertos, el saldo de la narcoguerra[2]
Era de esperarse que una serie de televisión cuya audacia es mostrar, farandulizada, parte de las entrañas y la descomposición política del imperio, convirtiera en audacia su cinismo. No se priva de frases gruesas como “te obligan a lamerle el culo al patrón”, dicho por uno de los protagonistas que se queja ante los pagos exiguos (un millón y medio de dólares) como cocinero de metanfetaminas. No se priva de exhibir la desprotección médica de las personas obligadas a “cualquier cosa” para pagar un tratamiento. No se priva de pasearse por los pasillos de las ambigüedades y la corrupción de todas las jaurías que acechan a los latinos y a los “perdedores” incapaces de subirse al “american way of life” tentados por los vicios, las blandenguerías psicológicas y la promiscuidad de clases. El capitalismo al desnudo. En fin, “Breaking Bad” es un lavado de cara al sistema, uno más, esta vez con sabores amargos y sangrientos pensados para la hora de la cena y en hi definition. Dosis de violencia mediática antes de ir a la cama.
Se venden la “temporadas” completas o fragmentadas en las tiendas más ad hoc o en los palacios del pirateo. Dicen que es la “serie más exitosa de toda la historia” que ha roto récords, que acumula premios de todo tipo, que es ya un fenómeno televisivo mundial. Y mientras más se la publicita más de afianzan sus aberraciones temáticas. ¿Comprenderán los “teleespectadores” en México, en Guatemala, en Honduras, en Colombia, en Argentina… por qué los yanquis abordan estos temas desgarradores, para entretenerse, mientras a nuestros pueblos nos cuesta sangre, desgarramiento y huellas psicosociales irreparables? ¿Hay algún mensaje “edificante” o algún arrepentimiento, salido de la moral yanqui, para denunciar, de verdad, la red compleja de crímenes paridos por el capitalismo presentados como narco-espectáculo? ¿Forma opinión, cuál… forma modelos, cuáles? No hace falta ver toda la serie. Paraíso de la degradación, el envilecimiento, la decadencia y la corrupción. Radiografía de un sistema que expresa sus metástasis en la vida cotidiana y hace negocios con eso.
Breaking Bad” es un retrato cínico del imperio que sabe producir maquinas de guerra ideológica con gran manufactura artística y tecnológica. Eso no le quita lo perverso. Aunque muestra “descarnadamente”, ante sus cámaras, los submundos del sistema en decadencia, eso no implica una crítica. Con la dosis descomunal de ambigüedades que la serie maneja, de hace difícil decidir si se trata de una apología del delito o de una moraleja audiovisual para la resignación. La serie toda parece decir, empeorando, que la cosa es así, que “la ley del más fuerte” es la que manda y que, también, se llega a ser más fuerte si se es más cruel y más ambicioso. No disfrutaremos este pastel de carne humana como si fuese un logro estético. No importa cuántas escenas de ternura intercalen, no importan los silogismos de la obediencia debida a la “supervivencia” que encadenen, no importan los premios ni su fama. Se trata de una serie televisiva más que, directa e indirectamente, nos señala dónde está el poder y dónde está el dinero para estimular, a balazos, el tráfico de cualquier cosa que satisfaga la voracidad del capitalismo, el más demencial comprador y consumidor de drogas, violencia y vidas humanas que la humanidad ha padecido.  Y lo pasan por la tele, impunemente.